Hay conversaciones que nadie quiere tener.
No porque sean imposibles, sino porque duelen incluso antes de empezar. Hablar de la muerte con quienes amamos es una de ellas. Es como asomarse juntos al borde de un acantilado y aceptar que, tarde o temprano, uno de los dos saltará primero.
Pero quizá esa sea precisamente la razón por la que deberíamos hacerlo.
Porque hablar de la muerte no la invoca, la humaniza. La vuelve parte del relato y no una sombra que acecha desde los márgenes. En esas palabras incómodas hay ternura, hay verdad, hay un modo silencioso de decir: te quiero tanto que no quiero dejarte solo ni en el pensamiento de perderme.
Decir adiós antes de tiempo no es un gesto trágico. Es una forma de amor lúcido.
Es aprender a mirar la vida sin el velo de la negación, a encontrar consuelo en los recuerdos que aún no existen, a dejar instrucciones de cariño, como migas de pan para el otro cuando llegue el bosque del después.
Quizá no se trate de hablar de la muerte, sino de hablar de la vida sabiendo que tiene un final.
De nombrar los miedos para que no se vuelvan muros.
De recordar que lo que callamos por pudor o por miedo, se transforma en distancia.
La muerte no necesita que la temamos.
Solo que la escuchemos —como se escucha la lluvia cuando aún no llega—
y que, mientras tanto, sigamos viviendo con una claridad más honda, más tierna, más verdadera.
