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¿Por qué llevamos flores a los cementerios?

En nuestra cultura popular hacemos ofrendas florales como muestras de sincero cariño. Cuando una mujer acaba de ser madre, solemos agasajar el alumbramiento con flores. Las novias, la iglesia e incluso el vehículo nupcial lo decoramos con ramos de flores.

La primera tumba a la que llevaron flores data de hace 13.000 años, según los enterramientos de la Edad de Piedra descubiertos en Israel. Desde entonces, la mayoría de las sociedades y religiones han adoptado el uso de flores y pétalos en las costumbres de muerte, desde Babilonia a Egipto, la América prehispánica o la India. En sus orígenes servían además para enmascarar el olor de los muertos, velados entonces durante días.

La imagen de ofrecer flores, generalmente perecederas, como ofrenda a nuestros difuntos es una necesidad de reconocimiento de amor y respeto que tenemos hacia nuestros difuntos, como dice el antropólogo Nigel Barley en su famoso libro “Bailando sobre la tumba”«A los vivos nos gusta depositar flores en las sepulturas como ofrenda temporal, pero también velas, alimentos, figuras religiosas, fotografías y cualquier otro objeto significativo que vincula a los familiares con su ser querido». Es parte del culto funerario que se asocia a la despedida y al mantenimiento del recuerdo de los difuntos.

Es una costumbre universal que podemos encontrar en casi todas las culturas del mundo; allá donde encontremos una sepultura, la manera que tenemos de despedirnos es con una ofrenda de flores, como cariño hacia el difunto y tal vez como metáfora de la brevedad de la vida misma con la flores que pronto se marchitarán.

Para llevar a los cementerios se compran claveles, que expresan admiración y homenaje; , que muestran la pureza del alma del fallecido; gladiolos, que transmiten la idea de sinceridad azucenas o lirios; pero sobre todo crisantemos. La «flor de oro», tal como la bautizó la emperatriz Josefina de Francia uniendo Chrysos (oro) con anthemos (flor), es la flor del Día de Difuntos «porque su breve floración coincide con el final del otoño (entre octubre y diciembre) y ninguna otra planta evoca tan claramente que la vida tan sólo es un tránsito», reseña Jesús Callejo Cabo en su obra «El alma de las flores». Tan consolidada está la tradición que la asocia a los cementerios, que hoy nadie regala en España a la persona amada esta flor que, paradójicamente, simboliza la vida para los orientales. Solo las margaritas blancas y amarillas que se venden en las floristerías escapan de esta etiqueta, quizá porque se ignora que pertenezcan a la familia de los crisantemos.

Las flores «proporcionan espiritualidad» a las ceremonias funerarias y como decía Confucio: «compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir».

 

fuente: abc.es

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